A lomo de palabra

por Germán Castro (
gcastro@agseso.com)

Un gran trozo de jugosa sandía

Sé que está totalmente fuera de moda, y me vale: señores, señoras, tienen que leer Vivir para contarla, la primera entrega de las memorias de Gabriel García Márquez (Diana, 2002). Y traigo a cuento sólo dos motivos, pero ambos suficientes: el primero, de sobra conocido por todo aquel que al menos haya leído aunque sea un libro del Gabo, el hombre tiene pluma, sabe engatusar al lector con la palabra; el segundo, la historia que cuenta.

Hace unos días, el 6 de marzo, don Gabriel cumplió la nada despreciable edad de 76 años. Gabriel José de la Concordia García Márquez hizo acto de presencia en este mundo en un pueblito perdido de la selva colombiana, Aracataca. Y tal dato y todos los que lo rodean dan pie para suponer que el hombre pudiera haberse hecho de una vida o muchas vidas muy distantes a la de un Premio Nobel de Literatura. Pobre lo que se dice pobre, primogénito en una familia de once, inmune a las mieles académicas, el Gabo cuenta sus primeros años de transcurso por la vida y a uno no le queda más que preguntarse cómo carajos le hizo para no acabar muerto por bala perdida, o borracho curtido meciéndose en una hamaca, o pluma frustrada y perdida en el periodismo tercermundista…



Recuerdo que hace varios años, el sociólogo Gabriel Carega me decía que el éxito de Carlos Fuentes no tenía mayor chiste, si se recordaba que el autor de La muerte de Artemio Cruz nació inteligente inteligente, guapo guapo y rico rico, y que sus primeros acercamientos a la literatura fueron de bebé y sobre las piernas de don Alfonso Reyes. Discutible, es cierto, pero lo recuerdo sólo para decir que el caso del Gabo resulta diametralmente opuesto: a quien le debemos Cien años de soledad nació con todo en contra y con una sola carta a favor: la voluntad.

De acuerdo a mi entender, una de las muchas mentiras compartidas y prácticamente indiscutibles que le debemos a la Ilustración y quizá antes al Renacimiento, es que lo más humano del hombre es su capacidad de razonar. Lo dudo, más bien creo que la respuesta está en la voluntad, la voluntad incluso carente de motivo o razón alguna. Forrest Gump, bato no muy inteligente, un buen día se dice que quiere correr y cruza Estados Unidos, de costa a costa; la gente lo sigue y lo cuestiona por sus motivos… No hay más: I want to run (Furrest Gump, Robert Zemeckis, 1994). García Márquez, bastante más inteligente, ni duda, quería ser escritor…, y lo va logrando. Tal es el asunto de Vivir para contarla.



Por lo demás, las memorias de García Márquez podrán dar chamba a muchos eruditos de la ciencia literaria… Ya podrán debatirse los límites entre la ficción y la realidad –el epígrafe con que se abre el libro es una gran travesura: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”–, y también, claro, entre la realidad y la ficción –todas las novelas del Gabo están claramente ancladas en su vida–.

Vivir para contarla se lee a gusto, rápido…, o como me dijo un ingeniero, “es como comerse a mordidas un gran trozo de jugosa sandía”.

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