A lomo de palabra

por Germán Castro (
gcastro@agseso.com)

El óbito del sintético

El viernes pasado, 7 de febrero de 2003, dejó de latir el corazón de Augusto Monterroso. Para un prosista especializado en la brevedad, por años no podrá quejarse: murió a los 81. Aunque de nacionalidad guatemalteca, Monterroso nació en la ciudad de Tegucigalpa (1921), y vivía en México desde 1944.




Por supuesto, el mejor homenaje que puede uno rendirle a don Augusto es regresar a su obra… Y si nunca lo has leído, no te vaya a sorprender la punto final sin haberlo hecho. Hay que leer:

El concierto y el eclipse (1952)
Obras completas (y otros cuentos) (1959)
La oveja negra y demás fábulas (1969)
Movimiento perpetuo (1972)
La palabra mágica (1983)
Lo demás es silencio (la vida y la obra de Eduardo Torres) (1978)

Alfaguara publicó hace algunos años CUENTOS, FÁBULAS Y TODO LO DEMÁS ES SILENCIO, un volumen que reúne todos estos libros. Además, en 1933 Monterroso publicó una novelita, Los buscadores de oro, basada en sus recuerdos de infancia.

En total, la obra de Tito Monterroso no llega a las 500 páginas…, suficientes, más que suficientes para trascender.

No deseo que Tito descanse en paz, deseo que llegue, de menos, al Paraíso imperfecto que él mismo imaginó:

"Es cierto –dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno–; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve."

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