A lomo de palabra
por Germán Castro (gcastro@agseso.com)
Encontrarse
al otro lado del espejo
Ahora sí, con conocimiento de causa, lo repito: leán
El hombre duplicado, la novela de más reciente publicación
del Premio Nobel de Literatura 1998, el portugués, José
Saramago. Con más de ochenta años encima, el narrador
de Azinhaga nos entrega un librazo, en el cual confirma que lograr la
sencillez requiere de un gran y retorcido colmillo, que hacer literatura
no se reduce a escribir bien, que además hay que que tener algo
que valga la pena contar, y, sobre todo, que la novela inaugurada
por Homero, según aprecia el propio don José es
un género vivo, dinámico, con muchos y desconocidos vericuetos
por recorrer. El octagenario, que desde hace tiempo, varios años
diría yo, no necesita arriesgar nada, que desde haca ya varios
libros ha consolidado un estilo personal, se enfrenta al papel en blanco,
se aventura y experimenta: en El hombre duplicado los
juegos metaliterarios brincan juguetones a lo largo de la obra, pero,
claro, ello ocurre con maestría y en ningún momento el
texto podría tacharse de efectista. La histoira, por una parte
extraordinaria, bien podría ser etiquetada de thriller psicológico
;
pero más allá de las etiquetas fáciles, prefiero
apostar por los imposibles y suponer que si Fedor Dostoievsky y Agatha
Christie escribieran a cuatro manos, muy probablemente nos vendrían
a contar algo parecido a lo que le ocurrió a Tertuliano Máximo
Afonso, protagonista de El hombre duplicado: buscarse
a sí mismo fuera del espejo no es nada nuevo, encontrarse realmente
,
eso ya es otro cantar
La historia al
revés
Quien no se niegue el manjar, descubrirá que Tertuliano Máximo
Afonso es profesor de Historia y tiene una idea aventurada: supone que
la metodología que se emplea en todo el mundo para enseñar
su materia es erronea, esto es, contar las cosas desde el pasado remota
hasta poco a poco acercarse, sólo acercarse, al presente. Fuera
del espejo, fuera de la novela, no Tertuliano, sino José Saramago,
señalaba en una entrevista a Pablo Gómez:
"A nosotros nos enseñan la historia desde el pasado hacia
el futuro. Un niño va a la escuela y aprende la historia de esa
manera. Empiezan por la formación de su país hasta llegar
al día de hoy, que no llega nunca. Es decir, lo que se aprende
de historia en la escuela no llega nunca al día en que estamos.
Se queda ahí. A la historia debemos enseñarla al revés.
Empezar por el día de hoy e ir andando hacia atrás. Y
andando hacia atrás podría entenderse mejor por qué
el día de hoy es lo que es, y no otra cosa. La incapacidad de
aprender resulta, en el fondo, de una especie de cultivo del olvido.
Decimos: no nos preocupemos por el pasado, porque ya pasó y ya
no tiene relación con el presente. El pasado, decimos, sirve
de deleite para unos cuántos intelectuales, que se divierten
con investigar lo que ha acontecido. En estos momentos, lo único
que interesa es el ahora. Ese vértigo nos impide alcanzar la
idea que nos explique por qué somos como somos, por qué
sucede lo que sucede y por qué pensamos como pensamos. Usted
me dirá: y eso qué. El problema es que ahí se encuentra
nuestra esencia. Si no podemos contestar a estas preguntas, significa
que no sabemos nada. Peor aún: ignoramos lo que somos. Todo lo
que se hace es borrar el pasado y así nos resulta imposible entender
el caos en el que vivimos. La información se multiplica, la dispersión
se multiplica y así sucede todo como en espejismos continuos.
Al final no sabemos lo que somos, ni dónde nos encontramos".