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¿Por qué leer?













 


A lomo de palabra

por Germán Castro (
gcastro@agseso.com)

Hombre al agua de
Fabrizio Mejía Madrid

La catástrofe chilanga
de todos los días

Quizá nació en el DF en 1968 o tal vez en Celaya, Guanajuato, en 1967; en realidad es lo de menos. Fabrizio Mejía Madrid acaba de publicar un libro que él y la editorial que le da sello, Joaquín Mortiz, presentan como una novela. No estoy de acuerdo.

La obra se titula Hombre al agua (2004) y aunque no llega a las doscientas páginas, alberga una buena dósis de netas:

• “… la infancia… es la mezcla de tres profesiones: recadero, mesero y esparry. Llevar y traer algo o recibir golpes es básicaente en lo que consiste esta indeleble etapa de la vida. A la negativa de seguir realizando esas actividades le llaman adolescencia."

• “Los perros están más ligados a la gente de los cincuenta: leales hasta la bobería, fuertes y defensores de su territorio, brincando a la menor provocación, implorando amor desde los rincones y persiguiéndose la cola o echándose de panza para obtener un lugar en la familia”.

• “… [los gatos] son como la gente que conozco: delgados, desleales y haraganes. El gato es irresponsable, renuente al compromiso, irrespetuoso a cualquier autoridad y, al mismo tiempo, dependientes de otros para satisfacer sus necesidades más elementales”.

• “… la gente no se muere, se nos muere”

• “Estar enamorado es pensar que alguien es más importante que la tele”.

• “La idea ya la tuvo alguien antes, como siempre. Estamos condenados a ser epiloguistas”.

• “Me gusta la historia, me tranquiliza, pero es como los anteojos: si crees que los has olvidado o perdido es que todavía los tienes sobre la cabeza”.


Sí, muchas netas…, pero Hombre al agua no es una novela. Que no lo sea, por supuesto, no tiene nada que ver con la calidad literaria del libro de Mejía Madrid. Y de que la tiene, la tiene.

En la contraportada de su libro de crónicas Pequeños actos de desobediencia civil (Cal y Arena, 1996), se dice que Fabrizio es celayense y que nació en e 1967. Es un libro que hay que leer. En cambio, en una de las solapas de Hombre al agua, otro que también debes leer, se le quita un año al señor y se ubica ahora su nacimiento en la ciudad de México. En este segundo ­colección Narradores contemporáneos­, Fabrizio da cuenta de la Chilangolandia finisecular: terminó el siglo XX, la de México cerró el segundo milenio siendo la ciudad más grande del mundo y, en contra de toda lógica, allá sigue sin que la fuerza del caos termine por destruirla por completo…

Dividia en cuatro momentos, los hechos narrados en Hombre al agua toman la perspectiva de un personaje en quien hasta el más ingenuo de los lectores lograría identificar al autor: Fabrizio, pues, juega a tomarle el pelo a la realidad chilanga para encuerarla; el resultado es una suerte de crónica ficción que se agradece. Hombre al agua no me sorprende, de hecho, recuerdo haber leído una buena parte del libro en trozos publicados en la prensa (Mejía Madrid, aprendiz de Monsí, publica en todos lados y sobre todo lo que puede); sin embargo, el compendio es bueno y justifica sobradamente su lugar en mis libreros.

Desde mi burbuja hidrocálida, fuera de la Megaloca, defeño expatriado, termino la lectura de Hombre al agua y con ternura y sobre todo conmiseración pienso en los cuates que dejé allá, varados como otros veinte millones más, hipnotizados por la gran cobra urbana:

“… el síndrome del chilango: la catástrofe no existe si no la veo. No me iré: la ciudad me quiere, aunque no me lo demuestre”.

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