A lomo de palabra
por Germán Castro (gcastro@agseso.com)
Una
de cal, una de arena
Se le fue la liebre
He leído todas las novelas de Mario Vargas Llosa, y como otros
muchos lectores, después de su destrampe político electoral,
comencé a reconciliarme con el peruano cuando publicó
Los cuadernos de don Rigoberto (Alfaguara, 1997), y terminé
abriéndole las puertas con La fiesta del Chivo (Alfaguara,
2000), una de sus mejores novelas Conversación el La
Catedral (Seix Barral, 1969) sigue siendo mi favorita. Este
año, Vargas Llosa (Arequipa, 1936) dio a conocer, bajo el sello
editorial Alfaguara, su más reciente trabajo narrativo: El
Paraíso en la otra esquina (484 pp.). Bien escrita, por
supuesto, pero mala. La obra está estructurada a partir del intercalado
de capítulos; uno cuenta la vida de Flora Tristán y el
otro sigue los últimos años de Paul Gauguin; ella luchadora
social, él pintor; ella anarquista, él hedonista; ella
abuela y él su nieto; ambos personajes decimonónicos.
Apostaría que la El Paraíso en la otra esquina
es producto de un compromiso contractual con la editorial: palabras
bien puestas, oraciones pulcramente armadas aunque sin chispa, párrafos
sosos en su gran mayoría y capítulos a cada página
más previsibles. El Paraíso en la otra esquina
no esconde el proyecto que la antecedió, lo evidencia; la novela
reitera las preocupaciones de su autor el sexo en primerísimo
lugar, la justicia social, el pensamiento utópico y así
lo ubica en primer plano, opacando a sus personajes: marionetas que
jamás pueden liberarse de los hilos, monos sin vida. Ni modo,
la novela reitera dos cosas que ya sabíamos: Mario Vargas Llosa
es un gran escritor, pero hasta al mejor cazador se le puede ir la liebre
,
sobre todo si no quería atraparla.
Para mandar al carajo a la realidad
Después de muertos (Joaquín Mortiz, 2003), la
más reciente novela de David Martín del Campo, es un libro
que da gusto recomendar: historias bien contadas y reunidas con pertinencia
e imaginación; personajes verosímiles, vivos, con sustancia;
estilo propio, sin rebuscamientos e inconfundible; y un trabajo de recreación
literaria que seguramente va a trascender vía autenticidad.
Junto con Juan Villoro (México, D.F., 1956), David (México,
D.F., 1952), me parece, es uno de los narradores más importantes
de su generación. Si no lo has leído, de menos te recomiendo
Isla de Lobos (1987) y Tu propia sombra (1998).
Con Después de muertos, Martín del Campo
tira toda la carne al asador: a lo largo de 430 páginas que se
leen de un tirón, porque cada una llama a gritos a la que sigue,
y a la que sigue, el también autor de Dama de noche y Alas de
Ángel, logró cocinar una excelente novela. El adjetivo
se lo receto sin mucho pensarlo, porque Después de muertos
responde al tipo de libro que me gusta leer: divertido, pronto a la
hora de atrapar al lector para insertarlo en un universo paralelo, virtual;
un libro con el cual uno, sin heroísmo, puede mandar al carajo
a la realidad durante una semana. Alguna vez un buen amigo, Manuel Castillo
Negrete, me decía que Café Tacuba había conseguido
crear, sin mariachis, una propuesta inconfundiblemente mexicana; lo
recuerdo porque si Después de muertos sonara, conseguiría
el mismo efecto. Un chamaco clasemediero de la ciudad de México,
jodido como toda la clase media mexicana, se topa con un tesoro que
asume apenas como un encargo, al menos así le sugiere la gitana,
y comienza una búsqueda, que poco rato se transforma en una carrera
por el mejor escondite, que en menos de lo que canta un gallo termina
en un rito de iniciación
; algo así, y más,
porque como buena novela, las lecturas que soporta el libro de David
son muchas: una crítica socarrona y gandalla de la decrépita
Revolución Mexicana; una mirada al caleidoscopio cultural de
este país que no acaba de encontrarse el rostro en el espejo;
un retablo de los vicios sociales que no podemos sacudirnos
De
verdad, leéla
, antes, dios no lo quiera, que a alguien
se le ocurra hacerla película.