A LOMO DE PALABRA 1, 2003
Cuadernos de Lanzarote, José Saramago • Retornamos como sobras, Paco Ignacio Taibo II
A LOMO DE PALABRA 2, 2003
¿En dónde comprar libros?
A LOMO DE PALABRA 3, 2003
La primera novela histórica mexicana
A LOMO DE PALABRA 4, 2003
El hombre duplicado, José Saramago
A LOMO DE PALABRA 5, 2003
El óbito del sintético
A LOMO DE PALABRA 6, 2003
Vivir para contarla, Gabriel García Márquez
A LOMO DE PALABRA 7, 2003
La silla del águila, Carlos Fuentes
A LOMO DE PALABRA 8, 2003
O César o nada, Manuel Vázquez Montalbán
A LOMO DE PALABRA 9, 2003
Diablo Guardián, Xavier Velasco











 


A lomo de palabra

por Germán Castro (
gcastro@agseso.com)

Una de cal, una de arena


Se le fue la liebre

He leído todas las novelas de Mario Vargas Llosa, y como otros muchos lectores, después de su destrampe político electoral, comencé a reconciliarme con el peruano cuando publicó Los cuadernos de don Rigoberto (Alfaguara, 1997), y terminé abriéndole las puertas con La fiesta del Chivo (Alfaguara, 2000), una de sus mejores novelas —Conversación el La Catedral (Seix Barral, 1969) sigue siendo mi favorita—. Este año, Vargas Llosa (Arequipa, 1936) dio a conocer, bajo el sello editorial Alfaguara, su más reciente trabajo narrativo: El Paraíso en la otra esquina (484 pp.). Bien escrita, por supuesto, pero mala. La obra está estructurada a partir del intercalado de capítulos; uno cuenta la vida de Flora Tristán y el otro sigue los últimos años de Paul Gauguin; ella luchadora social, él pintor; ella anarquista, él hedonista; ella abuela y él su nieto; ambos personajes decimonónicos.



Apostaría que la El Paraíso en la otra esquina es producto de un compromiso contractual con la editorial: palabras bien puestas, oraciones pulcramente armadas aunque sin chispa, párrafos sosos en su gran mayoría y capítulos a cada página más previsibles. El Paraíso en la otra esquina no esconde el proyecto que la antecedió, lo evidencia; la novela reitera las preocupaciones de su autor –el sexo en primerísimo lugar, la justicia social, el pensamiento utópico– y así lo ubica en primer plano, opacando a sus personajes: marionetas que jamás pueden liberarse de los hilos, monos sin vida. Ni modo, la novela reitera dos cosas que ya sabíamos: Mario Vargas Llosa es un gran escritor, pero hasta al mejor cazador se le puede ir la liebre…, sobre todo si no quería atraparla.


Para mandar al carajo a la realidad…

Después de muertos
(Joaquín Mortiz, 2003), la más reciente novela de David Martín del Campo, es un libro que da gusto recomendar: historias bien contadas y reunidas con pertinencia e imaginación; personajes verosímiles, vivos, con sustancia; estilo propio, sin rebuscamientos e inconfundible; y un trabajo de recreación literaria que seguramente va a trascender vía autenticidad.

Junto con Juan Villoro (México, D.F., 1956), David (México, D.F., 1952), me parece, es uno de los narradores más importantes de su generación. Si no lo has leído, de menos te recomiendo Isla de Lobos (1987) y Tu propia sombra (1998).



Con Después de muertos, Martín del Campo tira toda la carne al asador: a lo largo de 430 páginas que se leen de un tirón, porque cada una llama a gritos a la que sigue, y a la que sigue, el también autor de Dama de noche y Alas de Ángel, logró cocinar una excelente novela. El adjetivo se lo receto sin mucho pensarlo, porque Después de muertos responde al tipo de libro que me gusta leer: divertido, pronto a la hora de atrapar al lector para insertarlo en un universo paralelo, virtual; un libro con el cual uno, sin heroísmo, puede mandar al carajo a la realidad durante una semana. Alguna vez un buen amigo, Manuel Castillo Negrete, me decía que Café Tacuba había conseguido crear, sin mariachis, una propuesta inconfundiblemente mexicana; lo recuerdo porque si Después de muertos sonara, conseguiría el mismo efecto. Un chamaco clasemediero de la ciudad de México, jodido como toda la clase media mexicana, se topa con un tesoro que asume apenas como un encargo, al menos así le sugiere la gitana, y comienza una búsqueda, que poco rato se transforma en una carrera por el mejor escondite, que en menos de lo que canta un gallo termina en un rito de iniciación…; algo así, y más, porque como buena novela, las lecturas que soporta el libro de David son muchas: una crítica socarrona y gandalla de la decrépita Revolución Mexicana; una mirada al caleidoscopio cultural de este país que no acaba de encontrarse el rostro en el espejo; un retablo de los vicios sociales que no podemos sacudirnos… De verdad, leéla…, antes, dios no lo quiera, que a alguien se le ocurra hacerla película.

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